Yoga: sobre el gozo y la disciplina

Yoga: sobre el gozo y la disciplina

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· Dicen que la felicidad más absoluta a la que podemos acceder es la felicidad que no tiene un origen ni un motivo. Producto de una búsqueda espiritual, la felicidad que no está detonada por nada externo, sino que viene de nuestro interior, es un estado de plenitud que emana de la satisfacción, con gozo, de apreciar la realidad tal cual es.

Según distintas vertientes de las filosofías espirituales de oriente y, particularmente como parte de las ocho ramas del Yoga de Pattanjali, el Santosha, o la práctica de responder con alegría ante cualquier circunstancia, forma parte de los Niyamas; las observaciones personales que se deben cultivar para llegar a la iluminación. 

Va mucho más allá de procurar los “pensamientos positivos” y nace, más bien, de la total aceptación de la realidad dual, impermanente e ilusioria de la mente humana. Se ancla en saber que así como hay luz, hay oscuridad; así como hay placer, hay dolor y así como hay vida, hay muerte. Por lo que cualquier situación en que podamos encontrarnos es transitoria, fugaz y no absoluta.

Cuando se comprende esta realidad se puede encontrar gusto en cualquier situación, pues se entiende que ésta es parte del devenir de la vida -de nuestra vida en particular-. Puedo pasar el día pensando constantemente en que no debería estar lloviendo cuando afuera esté lloviendo y lo único que voy a conseguir es el malestar de no estar satisfecho con la realidad. Con lo que es. Y es esta resistencia lo que deriva en sufrimiento. 

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En nuestra sociedad muchas veces se pierde la profundidad de los conceptos de una práctica milenaria como el Yoga. Así, a menudo se menciona que el Santosha, al ser un estado de aceptación con humildad de lo que se tiene en un momento dado, se puede practicar agradeciendo; sin embargo, dado el imperativo del disfrute y el entretenimiento que reina la sociedad en que vivimos, normalmente nos concentramos en agradecer las cosas bellas y placenteras de la vida y nos lamentamos internamente por las cosas que nos causan dolor, pérdida, angustia, ansiedad, tristeza, enojo o miedo.

No hay práctica más errónea del Santosha como el no poder agradecer las tragedias y frustraciones de nuestra vida aún en el momento en que suceden y no después de que el propio devenir del tiempo nos revele por qué las cosas tenían que suceder de esa manera y no de otra. Cosa que normalmente sucede, ya que nuestra relación con nosotros mismos es la de una (auto) narración de los acontecimientos, a los cuales constantemente les buscamos significado. Es decir, nos contamos las cosas en la sucesión de lo que va dotando de sentido nuestro hacer.

De esta manera, al agradecer constantemente las comodidades o fortunas que tenemos y cómo podemos disfrutarlas e identificar el “bienestar” (“wellness”) con el crecimiento espiritual, se nos escapa todo el propósito de la práctica como una tarea de arduo trabajo de autoconocimiento, donde el dolor, la incomodidad, la ruptura con los paradigmas, relaciones anteriores y el duelo son intrínsecamente necesarios.

El propósito de la práctica espiritual en toda su extensión es alcanzar la realización de que existe una plenitud que rebasa cualquier sensación de placer o confort. Y no vamos a llegar a esa realización si constantemente estamos siendo autocomplacientes con la práctica en sí misma y la hacemos sólo porque nos queremos sentir “bien”. 

Yoga en la actualidad


El Yoga hoy en día está acompañado por un complejo conjunto de búsquedas de bienestar que en la realidad que vivimos se reducen a comodidades, privilegios, sensaciones de dicha efímeras y el extremo de buscar el disfrute en todo lo que se hace. Así como evitar lo que “no te traiga alegría” o “no te haga crecer”.

Pero en Occidente, históricamente, la alegría está relacionada con ciertos éxitos materiales y comodidades, así como situaciones de no conflicto. Sin embargo, el camino a la libertad que marca el Yoga es – aunque un horizonte utópico al que hay que caminar con errores, desventuras y tropiezos- un camino difícil repleto de contradicciones que, de estar ocurriendo de manera verdadera, nos confronta constantemente con las peores incomodidades de nosotros mismos.

Es decir, que tiene que surgir necesariamente de un conflicto interno. No obstante, la moda del yoga ha propiciado una tendencia comercial en la que buscamos que mejore nuestras sensaciones y percepciones de nuestros cuerpos; o buscamos disciplina en la práctica de Asanas (el yoga físico, de las posturas) para satisfacer la vanidad o la belleza, intentamos disfrutar de una comida deliciosa todos los días, de las más vacaciones posibles al año, enaltecemos los momentos donde sentimos que la plenitud de la vida está completada.

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Terminamos, entonces, reproduciendo una dinámica de autocomplacencia constante en la que cada acción está orientada a un objetivo externo: obtener la felicidad en el mayor número de áreas y momentos de nuestras vidas. Gastar el dinero en disfrutar, en hacer cosas que procuren la buena imagen externa, generar una visión dual del dolor como una condición desagradable que hay que soportar para poder tener placer. (Como trabajar en algo que no nos gusta con tal de obtener cosas materiales, viajes, comidas lujosas, ropa, experiencias de todo tipo).

El Yoga, como práctica para descubrir el origen cósmico, eterno y universal de nosotros mismos en sintonía con todo el resto de la existencia dictamina, en cambio, sostiene que la forma más pura de su búsqueda reside en el amor incondicional, en la acción desinteresada y en la devoción a ese Ser supremo que no es un dios en sí mismo sino la comunión de todos los seres animados e inanimados del universo en una totalidad multiabarcante que nos compone a todos.